Pienso en el final
No voy a decir la verdad, no puedo
decir la verdad; si lo hiciera sabrías que se cosas que no quiero que sepas que
se. Constantemente estoy pensando en la muerte, no en un sentido macabro o
tenebroso, es algo más reflexivo; tiene más que ver con el concepto, no de la
muerte en sí, de su significado para la vida. La muerte como un hecho concreto
que marca un cambio, un cambio a veces abrupto, otras esperado, pero siempre
contundente y definitivo. Sería más apropiado decir que pienso en el final; de
la vida, las ideas, la presencia de una persona, su voz, sus opiniones, sus
miedos y anhelos.
Por otro lado, existe cierta
inconsistencia en esa lógica cuando hablamos de la astrología, al menos así lo
han hecho ver algunas personas, ya que, si bien no creo en la divinidad de un
ente creador, si pienso que géminis y escorpio es una mala combinación. Me
parece difícil de explicar esta parte, porque para mí tiene más sentido en un
contexto social, de niño creía que el zodiaco tenía más que ver por la época
del año en la que habías nacido que con la posición de los astros. Tal vez al
no tener un rostro como tal me compre más la idea de los signos porque me
gustaba ser géminis y que eso significara dualidad, moldeable y adaptable, el
claro oscuro en su máxima expresión.
Soy consciente de que manifestar no
es más que rezarle al universo, pero justifico más esta idea porque no requiere
de ir a ningún templo y como tal no hay alguien beneficiándose de ello
directamente. Como sea tampoco lo hago, pero me gusta pensar que existe cierta energía
karmatica que te devuelve
lo que das no porque así lo quiera el universo sino porque tu instinto y un
poco de moralidad dentro de ti lo reclama así.
Entonces cuando alguien me pregunta
en que creo o si creo en algo, no tengo ningún problema en responder que no
creo en nada. Desde que tenía doce años comencé a considerarme ateo,
eventualmente me replanteé como agnóstico, ahora tal vez podría decir que soy
un agnóstico ateo, ya que no puedo comprobar o negar la existencia de un dios,
a falta de fe ciega entonces no creo en ello. Algo así como el dicho ver para
creer. ¿Después alguien te pregunta, ¿cuándo mueras a donde crees que iras? A
ningún lugar.
Cuando digo que constantemente estoy
pensando en la muerte no me refiero a que pasa después de la muerte, si iré al
cielo o al infierno, cual de estos será la verdad, si es que me convertiría en
un fantasma o mi alma va a reencarnar en algo/alguien más. La muerte para mí no
es un eterno descanso o una nueva vida, es simplemente el final. A la mayoría
de las personas les cuesta creer que sea tan fácil, que no haya algo más allá,
pero al menos a mí me hace perfecto sentido, la respuesta es tan simple que
todo el mundo quiere que sea más elaborada; pero la realidad, para mí, es que
cuando uno muere ya no hay más.
Es reconfortante de cierto modo saber
que es así, o si lo prefieres, creer que es así. Le da más fuerza y significado
a la vida, convierte su estructura en un enigma de fragilidad y con un peso
inconmensurable en el gran plano de lo terrenal. La muerte no tiene por qué ser
un acto de transición, puede ser simplemente el final de la vida sin más ni
más. No estoy seguro de en qué momento fue que acepte esta como verdad, pero es
algo que no me preocupa, tal vez solo quisiera poder asegurarme de vivir tantas
cosas como me sea posible. Antes soñaba con ser inmortal solo por poder ver cómo
será el futuro.
Ayer por la tarde me volví a hacer
la perforación que se me había cerrado hace tres años, después de una
operación, fue curioso porque de algún modo me hizo recordar esa época de mi
vida; no lo hice con esa intención, en realidad solo fue porque el disfraz que
planeo usar este Halloween tiene dos aretes y me faltaba uno. Si tuviera
ese nivel de compromiso con otros aspectos de mi vida quizás sería más fácil.
Lo menciono porque principalmente me parece un buen ejemplo de esa camaleonisidad
que, al menos para mí, representa el géminis en que llevo. Me gusta creer
que soy más de una persona y todas a la vez, aunque mi psicóloga me digo que no
tiene nada que ver con un desorden de personalidad.
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